lunes, 14 de octubre de 2013

EL CURANDERO PEDRO RIMALES


EL CURANDERO PEDRO RIMALES
Llegó un día Pedro Rimales a un lejano país, cansado y sin un centavo. Decidió entonces hacerse pasar por curandero para conseguir algunos reales y no morirse de hambre.  
“¿Algunos reales? Tal vez hasta rico y poderoso llegue a ser”, pensó. 
    Y echó a correr el rumor de que tenía gran sabiduría, que conocía todas las enfermedades habidas y por haber y que curaba con medicinas misteriosas.
     Pero nadie vino. Ni siquiera un enfermo de catarro.
     Supo entonces que el rey de ese lejano país tenía la manía de ser médico y que todos los enfermos debían recetarse con él, lo quisieran o no lo quisieran.
     “Tanto mejor”, pensó Pedro Rimales. “Si yo llego a curar a un enfermo que el rey no ha podido sanar, hasta rey podría ser”.
     Y una mañana, justamente, sucedió que un hombre de ese lejano país despertó con una gran pereza y sin ganas de trabajar.
     -¡Me muero¡ -gritó y se tumbó en el suelo haciéndose el muerto.
     Cada vez que alguien se acercaba a verlo, el hombre aguantaba la respiración y se ponía tieso.
     -Está muerto  -decían todos.
     Pedro Rimales se puso a observarlo. Cuando nadie se acercaba, la pechera de la camisa del muerto subía y bajaba con su respiración. Arriba, abajo. Arriba, abajo.
     -¿Por qué no llaman al rey para que lo cure? –Preguntó Pedro Rimales.
     -¡Para qué vamos a llamarlo! ¿Tú estás loco hermano? ¿No ves que está muerto?
     Pedro Rimales sonrió con aire misterioso y dijo:
     -La muerte es una enfermedad que también se puede curar. Claro, si es que uno conoce con qué.
     -Toda la gente quedó patitiesa. ¿Habría alguien capaz de curar la muerte?
     -Entonces sana al hombre que acaba de morir –dijo uno.
     -Yo lo haría, pero el rey podría enojarse. Tal vez me mandaría a matar.
     -Si tú puedes sanarlo, el rey también puede –le replicaron.
      Y se fueron a buscar al rey.
     El rey llegó en un coche cargado con potes de ungüentos, cajitas de polvos y yerbas mágicas. Hizo que el muerto oliera a sales, le untó pomadas y trató de hacerle beber un brebaje especial. Pero el hombre perezoso, cansado de hacerse el muerto, se había quedado dormido profundamente y ningún menjunje del rey logró despertarlo.
     Furioso, el rey llamó a Pedro Rimales.
     -Intentálo tú ahora. Pero si no logras que el muerto se pare, haré que te den una paliza. Y ya no te quedarán ganas de hacerte pasar como curandero.
     Pedro Rimales metió en una vasija hojas de diferentes plantas y las mezcló con agua del río. Encendió un cigarrillo y sopló  tres veces en la vasija. Acercándose al muerto le derramó en la boca su medicina. Al mismo tiempo, con la otra mano, sin que nadie se diera cuenta, le apagó el cigarrillo en el trasero. Al sentir el terrible dolor de la quemadura, el muerto dio un grito y se paró de un solo salto.
     La gente no podía creer lo que estaba viendo. Aclamaron a Pedro Rimales y le pusieron la corona y el manto del rey.
     Varios años reinó Pedro Rimales en aquel lejano país, hasta que un día, fastidiado de recibir embajadores y bailar el vals, decidió marcharse. Se quitó la corona y el manto y  se fue a recorrer el mundo.
                                                                               Rafael Rivero Oramas

1 comentario:

  1. Yo me se el cuento de Pedro Rimales con otra historia.
    Me lo contaba de niña un tío materno.

    ResponderEliminar